Sería estupendo cambiar las sonrisas falsas, las miradas de envidia, las caras de asco, las actitudes despreciativas, el odio soterrado bajo capas de amargura y desdén, cambiar todo eso por alegres florecillas.
Me entran ganas de convertir a la humanidad en un campo de flores, bellas e inocentes. Propongo un suicidio colectivo, o si no me encargo yo, y tal vez amigos de confianza, del homicidio. Y nos reencarnaríamos en flores, imagen de la naturaleza que destrozamos día a día. El problema es que ni siquiera bajo figura tan dulce nos contendríamos, nos reduciríamos a una apariencia.
Habría peleas por ser la flor más bonita, todos querrían ser las flores más populares. Casi nadie querría ser un cardo borriquero. Habría mucha demanda de algunas y otras quedarían casi olvidadas.
Así, los que no lograsen ser su flor deseada se alzarían, indignados, y habría una guerra civil de las flores.
Los insectos aprovecharían la confusión y esclavizarían a las flores, para sacar más polen del negocio y beneficiarse suciamente. Y las flores seguirían muriendo.
Quizás propusiese otro homicidio, digo floricidio colectivo, y nos reencarnaríamos en caracoles. A lo mejor así seríamos felices con nuestras conchas y siendo hermafroditas. O sería todo una confusión. No sé.
Lo que sí tengo claro, es que somos extrañas y perversas criaturas, y no nos bastaría con destruirnos y destruir el mundo una vez, sino que necesitaríamos que pereciese varias veces, a cada cual más absurda. C'est la vie.
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